terça-feira, 19 de abril de 2016

Oh Brasil, oh Brasileiros !

Nunca se vio un golpe de Estado tan grotesco como el que se ha perpetrado contra la presidenta Dilma Rousseff. La mayoría parlamentaria no votó según los motivos indicados por la fiscalía para decidir si se mantenía o no la confianza en la presidenta.
 
En un espectáculo casi circense, pero de circo pobre o de tele basura, los parlamentarios "fundamentaron sus votos" de la manera más vergonzante. Votaron "para que nunca más se enseñe sexo en las escuelas", "para que ninguna mujer aborte", para homenajear al coronel Carlos Brilhante Ustra, el golpista de 1964, el torturador inventor del pau de arara, al que, entre otras víctimas, torturó a Dilma Rousseff cuando era guerrillera y combatía contra la dictadura.
 
¿Y por qué Brasil tiene un parlamento integrado mayoritariamente por lo peor de la derecha latinoamericana? La respuesta es una sola: tanto los gobiernos de Lula como el de Dilma olvidaron que si llegaron al poder fue por un determinado grado de conciencia social que estaba en su fase "a", la del puro descontento, y era fundamental consagrar todos los esfuerzos a hacer de esa conciencia social primaria una sólida conciencia ciudadana, de pueblo, de enorme país con las más atroces desigualdades sociales. Una conciencia política.
 
No bastaba con llevar televisores a la favelas si los programas eran hechos para enajenar, no bastaba con hacer posible el acceso al auto si los caminos no conducen a parte alguna, no bastaba con confiarlo todo a una idea de crecimiento y desideologización -todo lo que un gobierno progresista hace es en base a un ideario-, porque entonces se despoja a la mayoría del instrumento para entender qué pasa y por qué pasa. Y lo peor de todo es que ni Lula ni Dilma vieron, pese a las advertencias de muchos intelectuales brillantes, que la mayor prueba de fortaleza ideológica de un gobierno de izquierda es prevenir y evitar cualquier acción turbia pues éstas siempre terminan en corrupción. Dilma sobre todo, olvidó la máxima de un guerrillero ilustre, el comandante Carlos Marighella: vigilancia constante, desconfianza constante.
 
Lula y Dilma consiguieron que Brasil diera un salto de la condición de país del tercer mundo a la de economía emergente y de peso mundial. Lograron una reducción drástica de la pobreza e incorporaron a millones de brasileños a la salud y la educación, pero olvidaron el imprescindible relato ideológico de por qué se hacía y para qué se hacía. Y lo peor es que es tarde para remediarlo.
 
Uno de los diputados golpistas votó por la inhabilitación de la presidenta "para que Brasil vuelva a ser campeón mundial de fútbol", otro lo hizo para que "dios reine en todo el país". Ahora sólo resta mirar como se reparten el botín. ¿ Y cuál es ese botín? Los miles de millones de dólares que se destinaron a educación, salud, infraestructuras y servicios públicos.
 
¡Oh Brasil, meu Brasil!
 
Luís Sepúlveda

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